{ ART NOIR }

Aquí encontraréis la revista completa para su descarga en distintos formatos. PDF interactivo (recomendada), que da una idea exacta de cómo quedaría impresa. Epub maquetado, que reproduce la revista para tablets. Y para los que solo gustan de la palabra y quieren la comodidad de llevarlo en su móvil o tablet como solo texto, añadimos una versión complementaria en formato ePub o Mobi (Kindle). En cualquiera de las versiones esperamos que la disfrutéis.

{ RELATOS } 

Relatos de encuentros, pérdidas, de instantes que perduran o se pierden, algunas fábulas que Sherezade no hubiera desdeñado y mucha gente diversa contando sus diversas historias.

{ POESÍA } 

Un espacio poético buscando su propio tiempo poético. Como decía el viejo rapsoda griego: «Los poetas no buscan palabras, lo que buscan es su voz». Aquí encontraréis algunas.

{ OTROS DILUVIOS } 

De otros diluvios nos llegan fotografías, nos llegan palabras sobre pintura,  nos llegan ilustraciones… y a nosotros nos hace feliz tanta inundación.

{ART NOIR } - A modo de presentación

Hay tiempos perfectos, lo sabemos, pero ninguno como el imperfecto infantil. 

Si alguien se pregunta de qué imperfecto se trata es fácil de recordar. Es la hora del recreo y unos cuantos niños se han reunido. Todos se conocen de clase. Hay alguno de otro curso, alguno nuevo. También está el hermanito de Laura, que siempre va de su mano y se come la tierra a puñados, aunque nadie parece darse cuenta porque es un momento importante: es el momento de jugar. 

Laura habla con Emi, la Pelopincho, y le propone algo: «¿Vale que yo era una mamá y venía a recogerte al cole y tú me decías, pero mamá si te has olvidado mi abrigo y entonces yo te ponía mi bufanda y gritaba «ay, m’hijita, que me coges una pulmonía»...?». La historia, deduciremos, puede prolongarse tanto como la imaginación de la pequeña Laura. Mientras tanto el imperfecto infantil ha obrado su pequeño milagro: ese «era», ese «venía», ese «gritaba» nos llevan de la mano a los paisajes de la imaginación. No es casual. Los niños, a esa edad, ya viven de imaginar. Jugar, como saben los cachorros, es aprender a sobrevivir. Aprendemos jugando, jugamos aprendiendo. El universo de la infancia rebosa mundos.

Ese «vale que yo era...» establece las reglas, porque un juego solo lo es si se establecen reglas, nada de bromas. Es el pacto con la realidad, el escupitajo en las manos, el juramento de meñiques, lo que en ficción se llama la «suspensión de la credulidad». Bastará que el otro niño responda «vale». Así de sencillo. Ese «vale» diminuto abre de par en par los grandes ventanales de la fantasía. ¿Lo notas? Es la brisa de la imaginación y llega de muy lejos. Tras ese «vale» uno puede atravesar el espejo con Alicia, pelear junto a los niños perdidos, ver aparecer ante sí el camino de baldosas amarillas. Si luego se añade algo más a la historia habrá que pactarlo de nuevo, porque el juego de la imaginación es algo muy serio, no habría que dejarlo a los adultos que –es bien sabido– no tienen ni la mas mínima idea de cómo se juega. Luego crecemos y lo que un buen día valía un mal día ya no vale. Suena la sirena y el carrusel vertiginoso de la infancia deja de girar. Bajen en orden, por favor. Atrás quedaron el unicornio de cartón y el coche de bomberos con la campanilla, la avioneta y el pato que gira. Pero no todo está perdido, algún niño guardó su ficha en el bolsillo. La imaginación es un río fecundo; rastrea en silencio sus propios cauces, sus pendientes, y poco a poco desborda torrentes, se suma a otros afluentes, desemboca en los mares del arte y la literatura. El «vale que yo era» se hace mucho más sutil. Incluso hay quien a ciertas edades ni siquiera lo escucha, pero podéis apostar conmigo a que sigue ahí.

Borges narra la historia –probablemente apócrifa– de un lector que, leyendo la primera página del Quijote, abandonó el libro indignado, exclamando: «Un hombre que se vuelve loco leyendo libros, ¡qué absurdo!». Obviamente ese lector olvidó qué era jugar. Por mi parte, cuando abro un libro siempre me parece escuchar una voz, la del autor –ese niño grande–, diciéndome en el patio de recreo de la literatura: «Vale que yo era un señor delgaducho y me volvía loco leyendo libros». «Vale que yo mojaba una magdalena y recordaba cuando era niño». «Vale que un día mi papá me llevaba a conocer el hielo».

Vale, Migue. Vale, petit Marcel. Vale, Gabi.

{ RELATOS }

Estuve pensando en ti, de Carlos Aymí

Los Evangelios Escépticos II, de José Manuel Guerrero

La habitación de los relojes, de Jorge Ordóñez Lopera

Rubicón, de Andrés Moreno

Mi sol, de Estefanía González

Ven a visitarte, de Jorge Laespada

Pan de molde sin corteza, Maylaïf Dhisis

Amor para principiantes, de Distoppia

Historia de Leta el Bardo, de Juan Viudo

Discos, de Yipeich

Plano Secuencia, de Rafael García

Distopía 3: tiempo, de Martí R. Arús

{ POESÍA }

– Cristina Díez

– Mercedes Moleón    

– Raquel Carrasco

– Ana Gavilá

– Esther Cerezo

– Carlos Aymí

contacto:    artnoir.revista@gmail.com

{ OTROS DILUVIOS }

La huella del tiempo, de May Ledesma

El atrapasueños, de Zaira Leclerc

El viajero indómito, de José Enrique Pérez

El Golem, de Juan Viudo

Irás a la isla de los tuyos, de Manuel Gutiérrez

Las que trabajaban la lana, de Ana Costa

Aquí yace Édouard Ivaldi, de Martín Díaz Núñez